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El Inocente

Un cuento que escribí hace muchos ayeres, demasiados diría yo, espero que les guste.

El inocente

Soy inocente, siempre lo he afirmado desde que llegue aquí, yo no cometí ese crimen, fue la voz, si la voz, ¿acaso no les he contado?, ¿no me creen?, ¿no les he contado esto una y otra vez? Les diré que no fui yo sino la voz.

Todo comenzó hace unos meses, empecé a escuchar esa voz, al principio no le prestaba atención, la podía controlar, cada rato me decía “¡Hazlo, hazlo!”, me ordenaba hacerlo, si, pero no tenía idea de que, la voz se intensificaba cada vez que veía a mi amiga Ana, si, una linda muchacha de 13 años, vivía cerca de mi casa, es , bueno, fue mi vecina.

¿Dónde la asesiné? En mi casa, por supuesto, estaba jugando en la computadora cuando alguien toca a la puerta, era ella, si, Ana, le abrí la puerta y paso sin ningún inconveniente, nos pusimos a charlar por un momento, quería estar cerca de mí, la pasé a mi cuarto y se puso a utilizar la computadora, mientras que yo estaba ejercitándome con una mancuerna en mi cama; todo estaba tranquilo, no había ningún problema, de repente empecé a escuchar la voz de nuevo, me decía con insistencia “¡Hazlo, Hazlo!”, realmente no quería obedecer a sus órdenes, no quería, era doloroso, era como un incesante martilleo en mi cerebro, no paraba en ningún momento, era horrible, ¿cómo me pueden juzgar si nunca lo han escuchado?,¿díganme?, no quería obedecer, pero era irrevocable la orden que me dictaba, no podía escapar, tenía que liberarme de esa voz, de alguna manera, miré alrededor mío y lo único que advertí era la silueta pueril de Ana,  sabía que era mi escapatoria de esta maldición.

Tomé la mancuerna con mi mano, no recuerdo si era la izquierda o derecha, eso ya no importa, y le asesté no uno sino dos golpes en la nuca, la pobre no se lo esperaba, les aseguro que no sufrió en lo absoluto, tomé en cuanta eso, no la quise hacer sufrir, fue una muerte instantánea, así deben de ser todas las muertes rápidas y sin dolor, el cuerpo inmóvil cayó al piso, como un bulto pesado.

En ese momento me sentí por fin liberado de la voz, era como quitarme un gran peso de encima, fue un gran alivio. ¿Qué hice con el cuerpo?, bueno, primero me puse a limpiar la sangre que estaba en el piso, no quería dejar ningún rastro de lo acontecido, después me llevé el cuerpo afuera, en el jardín trasero, no sé me ocurrió una mejor idea, y empecé a cavar un pozo no muy profundo, no tenía la suficiente fuerza para hacer uno más grande, así que la deposité en el agujero que hice, no alcanzo a cubrir todo el cuerpo y lo cubrí con hojas y demás cosas que se me vinieron a la mente.

Estuve con la conciencia tranquila, nunca me arrepentí de haberlo hecho, no me sentía culpable porque fui victima de esa maldita voz; fui a la escuela, seguí con mi rutina diaria, nadie sabía del asesinato, la única sospecha que levantó fue la desaparición de Ana, sus padres fueron a mi casa y yo les respondí con naturalidad a sus preguntas, estaban muy angustiados, de eso no cabe duda, incluso yo lo estaría si Ana fuera mi hija, nunca sospecharon de mí, les dije que se fue a la casa de una amiga que no sabía su nombre y que solamente vino a mi casa a avisarme sobre el suceso, pobres nunca les pasó por la cabeza que estaban muy cerca de su hija, sólo a unos cuantos metros, no estoy seguro si notaron un olor particular en mi casa, me quedo con el beneficio de la duda.

La única persona que le conté del suceso, fue a mi psiquiatra, le conté que tuve un sueño en el cual asesiné a una niña, le dije que era muy recurrente, ese fue mi grave error contarle sobre el suceso; Lo primero que hizo el tipo fue hablar con mis papás, ellos me dijeron por qué soñaba eso, les dije que era normal, que a cualquiera le puede pasar, son pensamientos de chavos, no me creyeron, por primera vez en mi vida dudaron de mí, me empezaron a bombardear sobre quién era la niña, qué si la conocía, si era amiga mía, les dije que no.

Mi padre fue el primero que empezó a tener sospechas si esa niña no era de casualidad Anita, me sentí acorralado, por primera vez en mi vida me sentí así, yo confirmé con mi cabeza; les mostré el cuerpo, hubieran visto su cara de repugnancia, era increíble.

Los demás todos lo saben, ¡hasta salí en los periódicos!, quién lo iba imaginar, mis padres hicieron todo lo que estuvo a su alcance para evitar que pisará el bote,

Pero no pudieron, era irreversible, ahora vivo muy tranquilo en mi celda pintando, ¿cómo ven?, ¿maravilloso no?, hasta me dieron buenas críticas por mis pinturas. A veces me preguntan si no me siento culpable, o tengo algún remordimiento y les digo los mismo que a ustedes: “No, ¿por qué?, si yo soy inocente, yo no lo hice fue la voz”.

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